Tras terminar de desayunar se preparó y salió para ir a clase.
Una ráfaga de viento azotaba las altas ramas de los árboles del camino que llevaba a la universidad, el cielo estaba gris, amenazante de tormenta, quizá no demasiado severa.
Caminó durante un rato y unas calles más allá vio que se encontraba una compañera de su clase.
Aceleró su marcha y la llamó.
Era una chica bastante guapa, y despertaba curiosidad en él, pero no por su belleza, sino por su extraño pensar, que componía una personalidad asocial e introspectiva.
Ella se giró para escucharlo.
–Hola. ¿Cómo te va? –le preguntó.
Ella no lo miró. Suspiró y, al cabo de unos segundos, habló.
–¿Cuál es el ingrediente clave que hace a la vida tan complicada? –de nuevo, volvió a impresionarlo, pero ya estaba algo preparado; aun así, tardó algo en responder. Y tampoco le molestó demasiado su ignorancia ante su pregunta.
–El azar, tal vez.
–La vida no es complicada ni sencilla –le dijo en voz baja con una sonrisa–. Somos nosotros los que, inevitablemente, la complicamos al intentar entenderla. –calló durante unos instantes y miró al grisáceo cielo–.
»La vida avanza de forma intuitiva y sencilla –continuó y miró lo miró a los ojos–, y nosotros, sus creaciones, caemos en la trampa de querer comprender algo que nos es incomprensible... Y es, que es superior a nosotros.
»Supongo que, como decías tú, se trata de azar… suerte. Hemos tenido mala suerte.
Un escalofrío le recorrió los conductos de sus entrañas. Tendría razón, pero sus palabras sonaban como cuchillos envenenados; quizá fuera el tono de voz. Qué miedo. Sin embargo, quizá ese veneno fuera la vacuna que necesitábamos todos.
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